Incomodidad continua,
de dónde viene, nadie sabe,
Sentirse impotente frente a la vida,
...Un cañón; debajo nada, pura oscuridad. En un margen él; en el otro ella. Un puente los une, y a la vez los separa. Para él, un puente sólido; para ella bastante endeble. Él la llama, le pide que cruce; ella titubea, no sabe qué hacer. Él se acerca hasta la mitad del puente para demostrarle su solidez y estira su mano, como invitándola a cruzar juntos; ella avanza un paso, pero retrocede al lugar de partida; repitiendo esto más de una vez.
Él la alienta, le describe las posibilidades que hay al otro lado; ella lo escucha, dice que lo comprende y que le encanta lo que él propone, pero continúa con miedo a cruzar.
Cada vez que él avanza para llegar hasta la mitad del puente y animarla a cruzar, aves salvajes lo atacan; se defiende, pero no puede evitar las heridas que cuestan cicatrizar. Él no tiene necesidad de realizar éste esfuerzo, y sin embargo continúa haciéndolo, ya que continúa confiando en el amor y en que juntos podrán vivir experiencias mágicas. Ella valora todo el trabajo por él realizado; pero siente impotencia al no poder cruzar; por momentos hasta se enoja con él, con ella, con la situación. En la cara de él puede vislumbrarse cansancio, agotamiento, pero sigue intentando convencerla a ella de que avance.
Ante la parálisis de ella, él le explica que la única manera de estar juntos, es si ella avanza; ella dice no gustarle esa margen, pero algo no le permite avanzar.
Pasan horas, días, meses; el cañón se hace más y más ancho, como consecuencia del paso del tiempo. Cada mañana él se levanta para llamarla y pedirle que cruce, utiliza su imaginación, fabrica utensilios; pero ella no se anima a cruzar. Se repite la secuencia de avanzar un paso y retroceder al punto de partida. En él, más cansancio y agotamiento; pero continúa intentado.
Poco a poco las cuerdas que sostienen el puente comienzan a deshilacharse; él le advierte que queda poco tiempo para cruzar, y que está muy agotado de tanto intentar; ella lo escucha, pero no puede comprenderlo.
Un día ella despierta, y siente que llegó el momento de cruzar; levanta la mirada y lo vé a él del otro lado del puente esperándola con los brazos abiertos. A pesar de que las cuerdas no están firmes como antes, avanza con decisión; desea abrazarlo y continuar transitando juntos los caminos que puedan presentarse. Finalmente llega a la otra orilla y al hacerlo, observa que él ya no está, que lo que veía era un árbol el cual confundió con la imagen de aquel hombre que por mucho tiempo la esperó. En ese momento, ella encuentra una carta que dice "Te esperé, luché y trabajé en pos de lo que pensé que sería nuestra felicidad; tus tiempos no son los míos, y aunque lo intenté, claramete mi esfuerzo no fué suficiente. Llegó el momento de avanzar cada uno por su cuenta. Te deseo lo mejor... Ojalá algún día lo entiendas. Adiós".
Ella llora desconsoladamente, pero él ya se fué para no volver; él continuó cruzando otros puentes, y avanzando por caminos por ella desconocidos. Ella resignada se sienta, y se queda viendo tanto el lado que dejó atrás, como éste, pensando "debería haber cruzado antes..."; no le queda nada por hacer, más que pensar en continuar sin él.
Juan Pablo Yocca (1986-).
No sos vos, soy yo. No es tu culpa, es mía. Cambiar a los demás es una tarea cuasi imposible, si ese alguien no desea cambiar.
Las palabras nos dicen mucho, mucho más de lo que queremos decir; sin darnos cuenta abrimos puertas, ventanas, ojos, y podemos lentamente socavar los cimientos que comenzamos a construir. "No rompas el silencio, si no es para mejorarlo...". Será inmadurez, inocencia, o no sé; pero realmente creo que sos mucho más inteligente de lo que pensás, y por eso duele; ya que era cuestión de pensar un poquito antes de actuar. Igualmente repito, la culpa es mía, ya que deposito muchas ilusiones en algo que, claramente, está muy lejos de ser lo que imagino.
No suelo escribir en primera persona, pero siento la necesidad. Soy yo, diciéndomelo a mí, como si te lo dijese a vos.
Ya no sé cómo decírtelo, intenté de mil maneras y si bien, el tiempo no fue demasiado y sí noté cambios, me doy cuenta de que el fondo de la cuestión está ahí, enquistado, marcado con tinta indeleble, y veo cada vez más difícil que pueda cambiar.
No digo que no me ilusione, igual eso es responsabilidad mía; ilusionarme con alguien con quien no debería hacerlo; no porque sea mala persona, o no sea genial; sino simplemente porque somos distintos, porque vemos las cosas de manera distinta, y es muy difícil que podamos coincidir.
Jamás quise ser un reemplazo, y lo dije; jamás quise ser comparado, y lo dije; sin embargo, todo el tiempo es lo único que siento; me siento la rueda de auxilio, y la verdad, no quiero serlo.
Se estruja mi corazón, se empañan mis ojos, la música de fondo me acompaña, y escribo lo que puedo para descargar. Como dije antes, no sos vos, soy yo; un yo que no acepta las reglas del juego al que lo estás invitando a jugar; un yo que está siendo dañado y que está viendo que esto no irá por buen camino.
Lamentablemente estoy sintiendo que fue la persona equivocada, en el momento equivocado, y bueno, si sigue así, todo terminará como debe terminar... Vos seguirás con tus recuerdos (o no), y yo seguiré con mi libertad; podemos amarnos y por ello, ambos necesitamos sentirnos bien.
Me (te) dejo, no sin antes reivindicar que, el amor no se repite, las experiencias no se reviven; y si no nos permitimos vivir todo como si fuese una novedad, estamos condenados a vivir en un tiempo que no volverá...
Juan Pablo Yocca (1986 - ).